Esta es mi historia

Carta de presentación

Lo primero que hice al salir del colegio fue matricularme en Filología Hispánica.

«Me gusta leer y escribir», pensé. Y añadí: «Si tengo que elegir unos estudios, al menos que estén relacionados con las palabras».

Me mantuve dos años en Filología Hispánica pero no fui capaz de encontrarle el sentido. Las palabras me llegarían, pero por otro lado.

En los años siguientes (del 2002 al 2010) me formé como cuentacuentos y empecé a trabajar como narradora realizando sesiones de cuentos y talleres de animación a la lectura para niños en bibliotecas y centros educativos.

Cuando me quise dar cuenta estaba enlazando un trabajo con otro y todos tenían algo en común: los niños.

Decidí entonces redondear toda esta experiencia laboral con la obtención de un título: Técnico de Grado Superior en Educación Infantil. Antes incluso de haberlo terminado me ofrecieron mi primer trabajo como educadora en una escuela infantil. Y luego otro y otro…que compaginaba con mis sesiones de cuentos para público infantil y adulto.

Para entonces, ya me había olvidado de los estudios de Filología Hispánica pero no de las palabras. Leía de forma insaciable libros (novelas, relatos, álbumes ilustrados…) que buscaba en librerías y bibliotecas y de donde extraía el material para mis sesiones de narración. Empecé a escribir mis propios cuentos para estas sesiones y también para los niños con los que trabajaba en las escuelas.

Un día se me ocurrió la idea de escribir cuentos personalizados a partir de historias reales y, en el año 2012, monté Traspalabradas, un proyecto de creación de cuentos ilustrados por encargo que todavía hoy sigue funcionando. Con este pequeño proyecto perfeccioné tanto la escritura como la ilustración y, además, aprendí a maquetar y a encuadernar, es decir, aprendí a construir un libro con mis propias manos.

Y así llegamos hasta el año 2020, en el que comienzan a ocurrir episodios propios de una novela de ciencia ficción (Pandemia mundial-Estado de alarma-Confinamiento). Pero no, no es una novela. Es la realidad. Y en la periferia de esa realidad empiezo a sacar algunas conclusiones: no es sólo que me guste escribir y que se me dé bien. Es que, además, domino la ortografía y la gramática y soy feliz acudiendo al diccionario. Las palabras son las piezas de un puzle que se llama lenguaje y a mí me encanta jugar a armarlo y desarmarlo. Empiezo entonces a formarme como correctora de textos profesional y decido retomar los estudios de Filología Hispánica (ahora se llama Grado en Lengua y Literatura Españolas) que empecé —y abandoné— hace veinte años. Ahora sí tiene un sentido: dirigir mi carrera profesional hacia la creación y corrección de textos.

Libro dibujado